07-16-2026, 06:49 AM
El quince de julio Argentina se enfrenta a Inglaterra en la segunda semifinal del mundial de fútbol 2026. Me pierdo el partido porque estoy a bordo del vuelo IB102 dirección Madrid. De alguna manera Matías me consiguió un upgrade para mi vuelo de vuelta, que suelo comprar abierto, y me siento comodísimamente en business class, con los pies en alto, mirando una pantalla de 25 pulgadas sólo para mí, y tumbado en un asiento que sólo le falta hacerte una paja para ser perfecto.
Las vacaciones habían sido estupendas en todos los sentidos: me había alejado por unas semanas del calorazo de Madrid, había comido carnaza de la buena, disfrutado de hermosos paseos por Recoleta, Palarmo, Avenida del Libertador y la Plaza de Mayo, me había ahorrado el hotel y muchas cenas de a cien euros que Matías pagaba religiosamente con la American Express de su marido, un suizo de nombre Jean François que vivía en Ginebra y que al casarse le había regalado el semipiso de Palermo y le daba una asignación millonaria en pesos y bien salada en euros para sus gastos, a condición de poder visitarlo una vez cada tres meses en Ginebra, Buenos Aires o en Punta del Este, y que Matías compartía alegremente conmigo.
Y el morbo, y los polvos. La verdad es que de eso Matías se lo sabe todo, no me extraña que un suizo millonario ande embobado con él.
No hice más que ponerme a pensar en esos muslos escasos pero bien torneados, en ese torso firme pero no musculado, en esos brazos largos y estilizados, y en esas manos suaves como la seda cuando me vino una erección y me entraron unas ganas terribles de eyacular, cosa que habría hecho ahí mismo si no hubiera sido porque era un vuelo de día y a mi alrededor todo el mundo andaba muy despierto.
En ese momento el comandante activó el altavoz para hacer un anuncio: "Quisiera comunicar a los escasos pasajeros argentinos que están a bordo y que no han querido cancelar sus reservas a pesar de que su equipo nacional jugaba la semifinal del mundial, que Argentina ha ganado a Inglaterra en otro final agónico, donde iba perdiendo 0-1 y en los últimos diez minutos, una vez más, consiguió remontar con dos goles de Enzo Fernández y del Toro Martínez a pase de Messi, y se enfrentará en la final a la selección española el próximo domingo. También nos congratulamos de que el próximo mundial se celebra en España y estaremos encantados de reeditar este mismo momento, pero en la final, dentro de cuatro años con ustedes, a bordo de un vuelo de Iberia, aunque sabemos que harán la reserva para el día anterior". Estallan gritos (pocos, es la verdad) de "AR-GEN-TINA, AR-GEN-TINA" en cabina, y reina un buen ambiente con gente que se levanta y que reclama alcohol para celebrar.
Mientras escuchaba el anuncio del comandante no pude menos que fijarme en el culo de la azafata, una rubia con el cabello recogido en un pequeño moño, asignada a business class, mientras se agachaba para recoger una bandeja en el carrito de la comida: un culo pequeño y prieto, trabajado en gimnasio, enfundado en esos pantalones ceñidos y hechos a medida con los que Iberia equipa a su personal de a bordo. La azafata se levantó con una bandeja que contenía un cocktail de gambas y un bife chorizo con crema de patata, me lo colocó todo en la mesa, y mientras me servía una copa de cava me miró a los ojos y me dijo "Acá soy María y estoy para que tengas un vuelo inolvidable. Si nesesitás cualquier cosa, sólo tenés que apretar un botón y guiñarme un ojo, estaré detrás de esa cortina. No te iba a dejar volver a Madrid vos solo. No laburo de vuelta hasta el lunes a mediodía".
Y pensé: la cagamos, me parece que este año me pierdo la final del mundial.
Las vacaciones habían sido estupendas en todos los sentidos: me había alejado por unas semanas del calorazo de Madrid, había comido carnaza de la buena, disfrutado de hermosos paseos por Recoleta, Palarmo, Avenida del Libertador y la Plaza de Mayo, me había ahorrado el hotel y muchas cenas de a cien euros que Matías pagaba religiosamente con la American Express de su marido, un suizo de nombre Jean François que vivía en Ginebra y que al casarse le había regalado el semipiso de Palermo y le daba una asignación millonaria en pesos y bien salada en euros para sus gastos, a condición de poder visitarlo una vez cada tres meses en Ginebra, Buenos Aires o en Punta del Este, y que Matías compartía alegremente conmigo.
Y el morbo, y los polvos. La verdad es que de eso Matías se lo sabe todo, no me extraña que un suizo millonario ande embobado con él.
No hice más que ponerme a pensar en esos muslos escasos pero bien torneados, en ese torso firme pero no musculado, en esos brazos largos y estilizados, y en esas manos suaves como la seda cuando me vino una erección y me entraron unas ganas terribles de eyacular, cosa que habría hecho ahí mismo si no hubiera sido porque era un vuelo de día y a mi alrededor todo el mundo andaba muy despierto.
En ese momento el comandante activó el altavoz para hacer un anuncio: "Quisiera comunicar a los escasos pasajeros argentinos que están a bordo y que no han querido cancelar sus reservas a pesar de que su equipo nacional jugaba la semifinal del mundial, que Argentina ha ganado a Inglaterra en otro final agónico, donde iba perdiendo 0-1 y en los últimos diez minutos, una vez más, consiguió remontar con dos goles de Enzo Fernández y del Toro Martínez a pase de Messi, y se enfrentará en la final a la selección española el próximo domingo. También nos congratulamos de que el próximo mundial se celebra en España y estaremos encantados de reeditar este mismo momento, pero en la final, dentro de cuatro años con ustedes, a bordo de un vuelo de Iberia, aunque sabemos que harán la reserva para el día anterior". Estallan gritos (pocos, es la verdad) de "AR-GEN-TINA, AR-GEN-TINA" en cabina, y reina un buen ambiente con gente que se levanta y que reclama alcohol para celebrar.
Mientras escuchaba el anuncio del comandante no pude menos que fijarme en el culo de la azafata, una rubia con el cabello recogido en un pequeño moño, asignada a business class, mientras se agachaba para recoger una bandeja en el carrito de la comida: un culo pequeño y prieto, trabajado en gimnasio, enfundado en esos pantalones ceñidos y hechos a medida con los que Iberia equipa a su personal de a bordo. La azafata se levantó con una bandeja que contenía un cocktail de gambas y un bife chorizo con crema de patata, me lo colocó todo en la mesa, y mientras me servía una copa de cava me miró a los ojos y me dijo "Acá soy María y estoy para que tengas un vuelo inolvidable. Si nesesitás cualquier cosa, sólo tenés que apretar un botón y guiñarme un ojo, estaré detrás de esa cortina. No te iba a dejar volver a Madrid vos solo. No laburo de vuelta hasta el lunes a mediodía".
Y pensé: la cagamos, me parece que este año me pierdo la final del mundial.
50 tacos, 1,83m, 88k, velludo sin ser un oso, mas activo que pasivo, y me gusta que me den un buen masaje de rato en rato. Limpieza fundamental, odio los malos olores.

