06-20-2026, 10:05 AM
Como todos los años me alejo del calor del verano de Madrid y me voy a pasar una temporada a Buenos Aires, donde el invierno es muy benigno, se come bien, y siempre me siento bien recibido.
Este año hay mundial, lo que significa que la ciudad se engalana con la bandera albiceleste por todas las esquinas y posters hechos con inteligencia artificial de Maradona y de Messi inundan la ciudad.
Al llegar al aeropuerto me encuentro a doscientas personas enfadadas esperando las maletas, que no acaban de salir. "Fabio Manteña, pasajero Fabio Manteña" grita el personal de tierra buscando identificar a una persona. "Facundo González, pasajero Facundo González". La gente empieza a comentar por qué esos pasajeros reciben sus maletas antes de los demás, y un señor obviamente kirschnerista empieza a protestar sobre las diferencias de clases, y que con Cristina no había privilegiados como esos, que es cosa de Milei.
Ahí me lanzo y grito todo lo alto que puedo "Messi, pasajero Lionel Messi". doscientos pares de ojos se posan en mí y repito "Pasajero Lionel Messi, no está aquí?" Y la carcajada se hace general. El ambiente se distiende y me quedo con los ojos fijos en otro par de ojos que estaban fijos en los míos.
"Me llamo Matías", me dice media hora después Matías, personal de tierra de Iberia en el aeropuerto de Ezeiza. "Y soy gay desde hace unos diez meses, que descubrí mi pasión por los hombres españoles".
"No seas güebón", le digo, "tú has sido maricón siempre, lo que pasa es que no lo querias aceptar y salir del armario".
"Vos son boludo o qué? te digo que antes me gustaban las mujeres".
"Sí, y a mí los muñecos de Winny the Pooh, pero me follaba a mi vecino Andrés, que era diez años mayor que yo y siempre me contestaba al whatsapp cuando le decía que andaba cargadito y con ganas de follarme una boca caliente y ensalivada"
"Ah, que sólo cogés con chicos mayores que vos?" Me mira de nuevo a los ojos, con pinta de cachorro babeante juguetón, y se relame el labio superior con una lengua que decidí que me iba a comer antes de que pasaran diez minutos.
No pasaron cinco. Mi maleta no había salido por la cinta y Matías se me había acercado y ayudado a poner una reclamación. Ahí empezó nuestra conversación sobre los hombres españoles, mi vecino Andrés, y mi pasión por follarme bocas calientes y ensalivadas. Matías llevaba el uniforme de Iberia, de esos ceñidos y que marcan ostentosamente el culo de quien los lleva, obviamente diseñados para las asistentes de vuelo y complacer el placentero placer del heteropatriarcado realzando sus figuras, y que después fueron adaptados al personal masculino, obviamente diseñados para complacer el placentero placer del señoropatriarcado marcando el culo y el paquete de quien lo porta.
Después de poner la reclamación Matías me dice que ya está fuera de turno y que regresa a Buenos Aires, que si quiero me acerca a Palermo, que no es Sicilia, sino un barrio céntrico de la ciudad donde Matías vive "en un departamento monolocal muy lindo" y que lo hace solo, desde que descubrió su pasión por los hombres españoles.
Después de un paseo largo hasta el parking de empleados, donde aprovecho la oscuridad de la noche, la ausencia de maletas y la libertad de mis manos para sobarle bien el culo un par de veces, y él para meterme mano en el paquete en cada esquina, llegamos a su coche, un toyota etíos blanco, donde nos metemos y Matías se lanza a comerme la boca, y yo a él su lengua y su labio superior.
"Pará, que yo laburo acá y no quiero que me vean". Eso me lo dice un minuto después sacando mi polla a reventar de su boca, como si fuera yo quien estuviera haciendo algo, ahí sentado en el asiento del copiloto, más allá de agarrarlo por el cuello y no dejándole parar de chupar mi "pija parada como un caramelo de palito" hasta la garganta, como me gusta a mí.
"Pues vamos a Palermo, que te voy a follar como la perra que eres", le contesto. Y se ajustó el cinturón de seguridad y metió primera en su toyota etios manual, con un gesto determinado con su mano derecha mostrándome así que sabía cómo manejar bien una palanca de cambios en toda su dimensión.
Matías era bajito y delgado, con cara aniñada, pelo bien cortado, aseado y olía bien. Vivía en un apartamento en la última planta de un edificio nuevo en un barrio de moda del ensanche de buenos aires, con muchos restaurantes y tiendas de diseñador, todo muy caro, por cierto. Sus padres se habían muerto un par de años atrás y él había vendido su casa y gastado el resto de la herencia en comprar ese apartamento, "en dólares, sabés, porque acá todo lo que es caro se paga en dólares, el peso no lo quiere ni Milei, y eso de que la inflación está controlada no lo arregla ni el gauchito Gil".
"Te querés duchar?" me preguntó al llegar a la casa. Parecía más una exigencia que una invitación, y es que después de doce horas de vuelo el cuerpo da mucha guerra, y éso que no había tenido que cargar con maletas.
"Y vos?" le respondí, en porteño.
"andá", me dijo, y me señaló una puerta al fondo del salón, en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada. La puerta daba a un dormitorio de matrimonio (o camimonio) moderno, con estores en los ventanales que iban de suelo a techo y el piso de parqué del bueno y no esas mierdas de tarimas flotantes que se han puesto de moda últimamente. La cama, doble, o triple por el tamaño, porque debía de medir unosesenta. Tenía una tele de cincuenta pulgadas en la pared contraria, y un armario ropero empotrado de los que hay que caminar dentro para disfrutarlo en toda su dimensión.
"El toilet, allá, por esa puerta". Me señaló una puerta disimulada en la parte trasera del walk-in closet que se abría empujándola, a modo de habitación secreta. Por un momento pensé que Matías era un sadico que me había secuestrado y que me iba a meter en un cuarto oscuro para desangrarme como un Hannibal Lecter cualquiera, pero me agarró la mano y me hizo empujar la puerta junto al marco, y el resorte abrió un baño con luz muy tenue, de unos veinte metros cuadrados con un gran espejo, una ducha en una esquina, y una bañera de diseñador orientada hacia un ventanal, igual que el que había en el dormitorio, desde el que se apreciaban las luces de toda la ciudad.
"Y... te puedo mirar, mientras te desvistes?" me preguntó, con ese acento que vuelve locos a los españoles.
"Aquí el que manda soy yo" le respondí, acercándome a él, poniéndole la mano en el culo y atrayéndolo hacia mí para comerle la boca. Lo aplasté contra la pared, le separé las piernas con el pié y apreté mi paquete contra el suyo mientras la metía la lengua hasta la muela del juicio.
"Ducháte", me dice, "olés a carne de clase turista".
El hijodeputa no se dejaba dominar. Y yo andaba un poco impresionado de que un tío con ese apartamento trabajara en el aeropuerto, y además me hubiera llevado a su casa sin conocerme de nada.
Así que me despeloté poco a poco, mirándole a los ojos, mientras él se regodeaba con su uniforme de Iberia puesto, que le realzaba el culo y el paquete como si fuera una modelo de la pasarela Cibeles, y su nabo se endurecía visiblemente bajo el pantalón.
Ya en pelotas me agarro la polla como diciéndole un aquíestáparacuandotubocaguste y le pregunto "ducha o bañera?"
"Indudablemente ducha primero. Y ahí me fuí, con sus ojos pegados a los míos, los dos empalmados, yo en pelotas, y él no.
Matías no pierde ojo mientras me ducho. Me siento como un escolar bajo el escrutinio del ojo materno en la ducha, asegurándose de que no quede un centímetro cuadrado del cuerpo sin lavar. Él allí, de pie, vestido, mirándome sin disimular, y yo bajo el chorro de la ducha, enjabonándome y pajeándome para él.
"Pensaba que te iba a gustar algo más que sólo mirar", le digo.
Y no me contesta.
Me aclaro y me acerca una toalla. "Secáte".
Me seco la espalda mientras agito mi polla tiesa en el aire.
"Ponéte ésto". Y me acerca un batín de seda oriental, de buen gusto, que debía costar así a ojo por encima de los dos mil euros.
"Sentate acá". Y me hace sentarme en un taburete redondo, frente a un espejo de maquillaje. Lo miro y tiene en la mano una cuchilla de afeitar, de hoja, de las de antes.
Sonríe. El hijodeputa me tiene embobado.
Matías se acerca y vuelvo a sentir su olor de perfume de loewe y comienza a afeitarme. Lo hace bien.
"Y vos dejás que cualquier extraño te meta en un cuarto secreto y te ponga una cuchilla en la garganta?", me pregunta.
"Pues es la primera vez, la verdad". "Mis amantes suele ir derechos al lío".
"Ah, que vos pensás que somos amantes?"
Meto mi mano entre sus muslos y lo acerco hacia mí. "No me irás a dejar con hambre, verdad?"
"Quitáte el batín y tumbate allá".
Me tumbo en la cama y Matías es ahora quien desliza su mano por mi muslo, alcanza mi paquete y lo masajea ligeramente. Me vuelvo a empalmar y me agarra la polla con seguridad pero con delicadeza.
"No te muevas, che, no te conviene", me dice, y me muestra la otra mano con la cuchilla de afeitar orientada hacia lo alto.
Ahí me acojoné. Que le corten a una la yugular, pase, pero los huevos, ni de coña.
"Quieto, quieto, que este juego empieza a no gustarme", y me aprieta el reverso de la cuchilla contra los huevos.
"Mejor no te muevas, te dije".
Y no me muevo.
Matías me pone un aceite y empieza a afeitar los huevos, despacio, con delicadeza. Decido relajarme. Los deja como si fuera un recién nacido.
"Levantá las piernas".
Levanto las piernas y expongo el sanctasanctorum, que también trabaja con habilidad con el aceite y la navaja.
"Andá, duchate de nuevo, que siempre queda algún resto".
Yo miro, lanzo una carcajada, y le obedezco. Y vuelvo a entrar en la ducha.
Ahora ya me relajo, me enjabono de arriba abajo, casi me olvido de que está ahí, y cuando me doy la vuelta me lo encuentro en el quicio, mirándome.
"Hay lugar para dos?"
"Desvistete, y entra, que te voy a dar lo que más te gusta", le respondo.
"No, boludo, hablaba por el celu... Vestite, recién me reservaron mesa para dos en el Don Julio, la mejor parrilla del país"
Joder con el Matías, me vuelve loco. Acabo tranquilo mi ducha, me seco, me visto una mezcla de mi ropa usada del viaje con algo que me presta del clóset, y salgo hacia el dormitorio, donde me quedo de piedra.
Una rubia despampanante está ahí, de pie, mirándome, con su melena de bucles, sus labios de Carmín, un escote palabradehonor muy bien llevado, una falda azul marino a la altura de unos muslos bien torneados, embutidos en medias negras que bajan hasta unos zapatos negros con tacón de aguja de los que es mejor no caerse para no abrirse la cabeza. Casi me hago hetero en ese instante, a no ser porque tras el primer segundo de sorpresa me doy cuenta de que es Matías, travestido de Ana Obregón.
"Joder, estás para comerte", le digo.
"El lomo quizá más tarde, ahora vamos a que nos den un buen bife". Todo un plan, y de los buenos.
El Don Julio era una parrilla en una esquina, no muy lejos de casa de Matías, y fuimos caminando entre miradas, más o menos discretas, de porteños que se daban la vuelta para mirarle el culo a Matías.
Al llegar nos reciben cordialmente. "Hola María, bienvenida", le dicen a Matías, parece ser cliente habitual.
"Buenas noches, te presento a mí nuevo amigo español". Y saludo con holaquétal.
Nos llevan a una mesa en un rincón y me siento como un capo de la mafia, con la espalda contra la pared, observando todo el local, y sobre todo a Matías, que está buenísima y me la follaría ahí mismo, sobre la mesa, delante de todo el mundo.
Pero no, para abrir boca llega un chorizo para cada uno. Mientras le hinco el cuchillo y disfruto con una condensación de sabores impresionante, Matías lo agarra por un extremo con la mano y se lo mete hasta la garganta mientras me mira a los ojos.
Me empalmo, como no podía ser de otra manera y siento su pie descalzo subiendo por mi pierna.
"Sacála", me dice
"Que saque el qué?", pregunto, como si fuera un gilipollas, y me pone el pie en el paquete, por debajo de la mesa. "Sacála".
Miro al alrededor, el restaurante está en una semipenumbra, nosotros en un rincón al fondo del local, y Matías tapa su pie descalzo con la otra pierna. Si alguien mira, pienso, lo que va a atrapar su atención es el muslo embutido en una media negra y bien torneado de Matías, no se va a fijar en lo que pueda pasar bajo la mesa. Mi evaluación de la situación dura medio segundo, bajo mi mano del lado de la pared bajo la mesa, acaricio su pie, me entretengo entre el pulgar y el índice un rato, y a continuación me bajo la cremallera dejando que mi polla erguida salga a disfrutar del aire bonaerense. Matías me mira a los ojos y siento la suavidad de sus medias acariciándome el glande, y su dedo gordo deslizándose desde ahí hasta la base, rodeándolo con ganas. Extasiado como estaba, no me doy cuenta de que llega el camarero con un bife chorizo de casi un kilo para compartir y lo pone en el centro de la mesa. Matías ni lo mira, sigue clavando sus ojos en mí y tiene toda la planta del pie contra mi polla bajo la mesa. "Gracias, jugosito, como a mí me gusta". "Eso espero, acá estoy por si necesitan algo", responde el camarero, y se va.
"Creo que voy a ir al baño", le urjo, "vienes?", invito. Me lo pienso follar en cuanto tengamos intimidad, sin compasión, y si mi apuras, sin lubricar. "Yo soy una dama", me responde.
Matías se levanta y se dirije al baño femenino. Me abrocho el pantalón como puedo, con la bragueta a punto de reventar y le sigo. Miro con discreción a través de la puerta del baño de mujeres y no veo a nadie, así que me armo de valor y entro. Me lo encuentro con el culo en pompa, la minifalda azul dejándole mostrar los muslos embutidos en sus medias negras, inclinada hacia el espejo, pintándose los labios mientras me mira por el espejo y le brillan los ojos. Le agarro por las caderas y froto mi glande contra su culo, por si había alguna duda de que me lo quería follar alí mismo. "Vamos a un cubículo", le digo, "que aquí puede entrar alguien en cualquier momento"."Quién pensás que soy?", me responde, "ya te dije que soy una dama". Y se encamina de nuevo al salón, donde lucen ya sobre la mesa dos estupendos bifes chorizo al punto argentino. Me sonríe, y me invita a sentarme primero. "Joder, con la dama de los huevos".
Una hora más tarde estamos saliendo de Don Julio, después del bife chorizo, y un helado enorme de nata con chocolate y dulce de leche que compartimos, y que no sé dónde metió embutido en aquel traje ceñido que llevaba con su escote palabradehonor, siendo además como era Matías de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro. Nos encaminamos hacia la Plaza Serrano por Gurruchaga agarrados de la mano. Matías me miraba a los ojos y se apretaba contra mí cada vez que nos cruzábamos con alguien. Pasa un coche de la policía de la ciudad con sus luces azuladas y se me aprieta metiéndome la lengua hasta la garganta, arrancando un "metéle, rubia, y cuando se te canse me cogés a mí despues".
"A ti no te apetece volver a tu casa?" le pregunto. "Tan temprano? Que no la estás pasando bien?", me responde. Llegamos a la Plaza Serrano, llena de terrazas de bares y cafés, y de artistas de firulete vendiendo sus piezas decoradas con el clásico fileteado porteño a los turistas. Nos sentamos a la vista de todo el mundo con Matías agarrándome la mano sobre la mesa y frotándome entre los dedos. "Un chop para compartir", le pide al "mozo", sorprendiéndome al llegar con una litrona de cerveza y dos vasitos minúsculos de cristal. "Joder, aquí pasamos de lo más fino a la vida de estudiante", pienso, pero la verdad es que me lo estoy pasando en grande desde que lo conocí, así que le dejo hacer. Hablamos de la vida, de los viajes, de antiguos amantes y de Milei.
Media hora después, nada más concluir una descripción detallada de los frescos que pintó Berni en las Galerías Pacífico, me suelta un "Me apetece coger". Yo a esas alturas tenía muy claro que coger quería decir follar, así que me alegré mucho, porque además el jetlag se dejaba ya sentir y empezaba a estar bastante cansado.
"En mi hotel o en tu casa?" le pregunto. Me mira, y me hace dudar de si ese "coger" se refería a "coger conmigo" o si tenía otra cosa en mente.
"Esta noche dormís conmigo". Llamo al hotel para cancelar la reserva y decirles que han retrasado el vuelo y que llego un día más tarde, y nos vamos de nuevo al piso de Matías. "No tendrás más habitaciones secretas, verdad?" le pregunto con retintín. "Vos ya conocés todos mis secretos", em responde mirándome a los ojos.
A esas alturas ya no trato a Matías como un objeto sexual, sino como a alguien a quien respeto. Entramos en el portal de la mano, donde el vigilante nocturno, que ya debe de conocer a María, nos saluda con un buenas noches, y mirar para otro lado. Subimos en el ascensor, apretados y con un beso en los labios, y entramos en el apartamento.
"Relajáte", me dice, "voy a ponerme cómodo". y desaparece entrando en su dormitorio pero sin invitarme aún a pasar.
Me siento en el sofá y me dejo caer hacia atrás, esperando acontecimientos.
Lo siguiente que recuerdo es que siento frío y que el sol entraba por la ventana. Matías no está en la casa, pero me ha dejado una nota sobre la mesa:
Estoy en el laburo; esta tarde traigo tus valijas desde el aeropuerto.
Cancelá tu hotel, este mes lo pasás conmigo. Tenés un juego de llaves junto a la puerta.
Me debés una noche de pasión.
Este año hay mundial, lo que significa que la ciudad se engalana con la bandera albiceleste por todas las esquinas y posters hechos con inteligencia artificial de Maradona y de Messi inundan la ciudad.
Al llegar al aeropuerto me encuentro a doscientas personas enfadadas esperando las maletas, que no acaban de salir. "Fabio Manteña, pasajero Fabio Manteña" grita el personal de tierra buscando identificar a una persona. "Facundo González, pasajero Facundo González". La gente empieza a comentar por qué esos pasajeros reciben sus maletas antes de los demás, y un señor obviamente kirschnerista empieza a protestar sobre las diferencias de clases, y que con Cristina no había privilegiados como esos, que es cosa de Milei.
Ahí me lanzo y grito todo lo alto que puedo "Messi, pasajero Lionel Messi". doscientos pares de ojos se posan en mí y repito "Pasajero Lionel Messi, no está aquí?" Y la carcajada se hace general. El ambiente se distiende y me quedo con los ojos fijos en otro par de ojos que estaban fijos en los míos.
"Me llamo Matías", me dice media hora después Matías, personal de tierra de Iberia en el aeropuerto de Ezeiza. "Y soy gay desde hace unos diez meses, que descubrí mi pasión por los hombres españoles".
"No seas güebón", le digo, "tú has sido maricón siempre, lo que pasa es que no lo querias aceptar y salir del armario".
"Vos son boludo o qué? te digo que antes me gustaban las mujeres".
"Sí, y a mí los muñecos de Winny the Pooh, pero me follaba a mi vecino Andrés, que era diez años mayor que yo y siempre me contestaba al whatsapp cuando le decía que andaba cargadito y con ganas de follarme una boca caliente y ensalivada"
"Ah, que sólo cogés con chicos mayores que vos?" Me mira de nuevo a los ojos, con pinta de cachorro babeante juguetón, y se relame el labio superior con una lengua que decidí que me iba a comer antes de que pasaran diez minutos.
No pasaron cinco. Mi maleta no había salido por la cinta y Matías se me había acercado y ayudado a poner una reclamación. Ahí empezó nuestra conversación sobre los hombres españoles, mi vecino Andrés, y mi pasión por follarme bocas calientes y ensalivadas. Matías llevaba el uniforme de Iberia, de esos ceñidos y que marcan ostentosamente el culo de quien los lleva, obviamente diseñados para las asistentes de vuelo y complacer el placentero placer del heteropatriarcado realzando sus figuras, y que después fueron adaptados al personal masculino, obviamente diseñados para complacer el placentero placer del señoropatriarcado marcando el culo y el paquete de quien lo porta.
Después de poner la reclamación Matías me dice que ya está fuera de turno y que regresa a Buenos Aires, que si quiero me acerca a Palermo, que no es Sicilia, sino un barrio céntrico de la ciudad donde Matías vive "en un departamento monolocal muy lindo" y que lo hace solo, desde que descubrió su pasión por los hombres españoles.
Después de un paseo largo hasta el parking de empleados, donde aprovecho la oscuridad de la noche, la ausencia de maletas y la libertad de mis manos para sobarle bien el culo un par de veces, y él para meterme mano en el paquete en cada esquina, llegamos a su coche, un toyota etíos blanco, donde nos metemos y Matías se lanza a comerme la boca, y yo a él su lengua y su labio superior.
"Pará, que yo laburo acá y no quiero que me vean". Eso me lo dice un minuto después sacando mi polla a reventar de su boca, como si fuera yo quien estuviera haciendo algo, ahí sentado en el asiento del copiloto, más allá de agarrarlo por el cuello y no dejándole parar de chupar mi "pija parada como un caramelo de palito" hasta la garganta, como me gusta a mí.
"Pues vamos a Palermo, que te voy a follar como la perra que eres", le contesto. Y se ajustó el cinturón de seguridad y metió primera en su toyota etios manual, con un gesto determinado con su mano derecha mostrándome así que sabía cómo manejar bien una palanca de cambios en toda su dimensión.
Matías era bajito y delgado, con cara aniñada, pelo bien cortado, aseado y olía bien. Vivía en un apartamento en la última planta de un edificio nuevo en un barrio de moda del ensanche de buenos aires, con muchos restaurantes y tiendas de diseñador, todo muy caro, por cierto. Sus padres se habían muerto un par de años atrás y él había vendido su casa y gastado el resto de la herencia en comprar ese apartamento, "en dólares, sabés, porque acá todo lo que es caro se paga en dólares, el peso no lo quiere ni Milei, y eso de que la inflación está controlada no lo arregla ni el gauchito Gil".
"Te querés duchar?" me preguntó al llegar a la casa. Parecía más una exigencia que una invitación, y es que después de doce horas de vuelo el cuerpo da mucha guerra, y éso que no había tenido que cargar con maletas.
"Y vos?" le respondí, en porteño.
"andá", me dijo, y me señaló una puerta al fondo del salón, en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada. La puerta daba a un dormitorio de matrimonio (o camimonio) moderno, con estores en los ventanales que iban de suelo a techo y el piso de parqué del bueno y no esas mierdas de tarimas flotantes que se han puesto de moda últimamente. La cama, doble, o triple por el tamaño, porque debía de medir unosesenta. Tenía una tele de cincuenta pulgadas en la pared contraria, y un armario ropero empotrado de los que hay que caminar dentro para disfrutarlo en toda su dimensión.
"El toilet, allá, por esa puerta". Me señaló una puerta disimulada en la parte trasera del walk-in closet que se abría empujándola, a modo de habitación secreta. Por un momento pensé que Matías era un sadico que me había secuestrado y que me iba a meter en un cuarto oscuro para desangrarme como un Hannibal Lecter cualquiera, pero me agarró la mano y me hizo empujar la puerta junto al marco, y el resorte abrió un baño con luz muy tenue, de unos veinte metros cuadrados con un gran espejo, una ducha en una esquina, y una bañera de diseñador orientada hacia un ventanal, igual que el que había en el dormitorio, desde el que se apreciaban las luces de toda la ciudad.
"Y... te puedo mirar, mientras te desvistes?" me preguntó, con ese acento que vuelve locos a los españoles.
"Aquí el que manda soy yo" le respondí, acercándome a él, poniéndole la mano en el culo y atrayéndolo hacia mí para comerle la boca. Lo aplasté contra la pared, le separé las piernas con el pié y apreté mi paquete contra el suyo mientras la metía la lengua hasta la muela del juicio.
"Ducháte", me dice, "olés a carne de clase turista".
El hijodeputa no se dejaba dominar. Y yo andaba un poco impresionado de que un tío con ese apartamento trabajara en el aeropuerto, y además me hubiera llevado a su casa sin conocerme de nada.
Así que me despeloté poco a poco, mirándole a los ojos, mientras él se regodeaba con su uniforme de Iberia puesto, que le realzaba el culo y el paquete como si fuera una modelo de la pasarela Cibeles, y su nabo se endurecía visiblemente bajo el pantalón.
Ya en pelotas me agarro la polla como diciéndole un aquíestáparacuandotubocaguste y le pregunto "ducha o bañera?"
"Indudablemente ducha primero. Y ahí me fuí, con sus ojos pegados a los míos, los dos empalmados, yo en pelotas, y él no.
Matías no pierde ojo mientras me ducho. Me siento como un escolar bajo el escrutinio del ojo materno en la ducha, asegurándose de que no quede un centímetro cuadrado del cuerpo sin lavar. Él allí, de pie, vestido, mirándome sin disimular, y yo bajo el chorro de la ducha, enjabonándome y pajeándome para él.
"Pensaba que te iba a gustar algo más que sólo mirar", le digo.
Y no me contesta.
Me aclaro y me acerca una toalla. "Secáte".
Me seco la espalda mientras agito mi polla tiesa en el aire.
"Ponéte ésto". Y me acerca un batín de seda oriental, de buen gusto, que debía costar así a ojo por encima de los dos mil euros.
"Sentate acá". Y me hace sentarme en un taburete redondo, frente a un espejo de maquillaje. Lo miro y tiene en la mano una cuchilla de afeitar, de hoja, de las de antes.
Sonríe. El hijodeputa me tiene embobado.
Matías se acerca y vuelvo a sentir su olor de perfume de loewe y comienza a afeitarme. Lo hace bien.
"Y vos dejás que cualquier extraño te meta en un cuarto secreto y te ponga una cuchilla en la garganta?", me pregunta.
"Pues es la primera vez, la verdad". "Mis amantes suele ir derechos al lío".
"Ah, que vos pensás que somos amantes?"
Meto mi mano entre sus muslos y lo acerco hacia mí. "No me irás a dejar con hambre, verdad?"
"Quitáte el batín y tumbate allá".
Me tumbo en la cama y Matías es ahora quien desliza su mano por mi muslo, alcanza mi paquete y lo masajea ligeramente. Me vuelvo a empalmar y me agarra la polla con seguridad pero con delicadeza.
"No te muevas, che, no te conviene", me dice, y me muestra la otra mano con la cuchilla de afeitar orientada hacia lo alto.
Ahí me acojoné. Que le corten a una la yugular, pase, pero los huevos, ni de coña.
"Quieto, quieto, que este juego empieza a no gustarme", y me aprieta el reverso de la cuchilla contra los huevos.
"Mejor no te muevas, te dije".
Y no me muevo.
Matías me pone un aceite y empieza a afeitar los huevos, despacio, con delicadeza. Decido relajarme. Los deja como si fuera un recién nacido.
"Levantá las piernas".
Levanto las piernas y expongo el sanctasanctorum, que también trabaja con habilidad con el aceite y la navaja.
"Andá, duchate de nuevo, que siempre queda algún resto".
Yo miro, lanzo una carcajada, y le obedezco. Y vuelvo a entrar en la ducha.
Ahora ya me relajo, me enjabono de arriba abajo, casi me olvido de que está ahí, y cuando me doy la vuelta me lo encuentro en el quicio, mirándome.
"Hay lugar para dos?"
"Desvistete, y entra, que te voy a dar lo que más te gusta", le respondo.
"No, boludo, hablaba por el celu... Vestite, recién me reservaron mesa para dos en el Don Julio, la mejor parrilla del país"
Joder con el Matías, me vuelve loco. Acabo tranquilo mi ducha, me seco, me visto una mezcla de mi ropa usada del viaje con algo que me presta del clóset, y salgo hacia el dormitorio, donde me quedo de piedra.
Una rubia despampanante está ahí, de pie, mirándome, con su melena de bucles, sus labios de Carmín, un escote palabradehonor muy bien llevado, una falda azul marino a la altura de unos muslos bien torneados, embutidos en medias negras que bajan hasta unos zapatos negros con tacón de aguja de los que es mejor no caerse para no abrirse la cabeza. Casi me hago hetero en ese instante, a no ser porque tras el primer segundo de sorpresa me doy cuenta de que es Matías, travestido de Ana Obregón.
"Joder, estás para comerte", le digo.
"El lomo quizá más tarde, ahora vamos a que nos den un buen bife". Todo un plan, y de los buenos.
El Don Julio era una parrilla en una esquina, no muy lejos de casa de Matías, y fuimos caminando entre miradas, más o menos discretas, de porteños que se daban la vuelta para mirarle el culo a Matías.
Al llegar nos reciben cordialmente. "Hola María, bienvenida", le dicen a Matías, parece ser cliente habitual.
"Buenas noches, te presento a mí nuevo amigo español". Y saludo con holaquétal.
Nos llevan a una mesa en un rincón y me siento como un capo de la mafia, con la espalda contra la pared, observando todo el local, y sobre todo a Matías, que está buenísima y me la follaría ahí mismo, sobre la mesa, delante de todo el mundo.
Pero no, para abrir boca llega un chorizo para cada uno. Mientras le hinco el cuchillo y disfruto con una condensación de sabores impresionante, Matías lo agarra por un extremo con la mano y se lo mete hasta la garganta mientras me mira a los ojos.
Me empalmo, como no podía ser de otra manera y siento su pie descalzo subiendo por mi pierna.
"Sacála", me dice
"Que saque el qué?", pregunto, como si fuera un gilipollas, y me pone el pie en el paquete, por debajo de la mesa. "Sacála".
Miro al alrededor, el restaurante está en una semipenumbra, nosotros en un rincón al fondo del local, y Matías tapa su pie descalzo con la otra pierna. Si alguien mira, pienso, lo que va a atrapar su atención es el muslo embutido en una media negra y bien torneado de Matías, no se va a fijar en lo que pueda pasar bajo la mesa. Mi evaluación de la situación dura medio segundo, bajo mi mano del lado de la pared bajo la mesa, acaricio su pie, me entretengo entre el pulgar y el índice un rato, y a continuación me bajo la cremallera dejando que mi polla erguida salga a disfrutar del aire bonaerense. Matías me mira a los ojos y siento la suavidad de sus medias acariciándome el glande, y su dedo gordo deslizándose desde ahí hasta la base, rodeándolo con ganas. Extasiado como estaba, no me doy cuenta de que llega el camarero con un bife chorizo de casi un kilo para compartir y lo pone en el centro de la mesa. Matías ni lo mira, sigue clavando sus ojos en mí y tiene toda la planta del pie contra mi polla bajo la mesa. "Gracias, jugosito, como a mí me gusta". "Eso espero, acá estoy por si necesitan algo", responde el camarero, y se va.
"Creo que voy a ir al baño", le urjo, "vienes?", invito. Me lo pienso follar en cuanto tengamos intimidad, sin compasión, y si mi apuras, sin lubricar. "Yo soy una dama", me responde.
Matías se levanta y se dirije al baño femenino. Me abrocho el pantalón como puedo, con la bragueta a punto de reventar y le sigo. Miro con discreción a través de la puerta del baño de mujeres y no veo a nadie, así que me armo de valor y entro. Me lo encuentro con el culo en pompa, la minifalda azul dejándole mostrar los muslos embutidos en sus medias negras, inclinada hacia el espejo, pintándose los labios mientras me mira por el espejo y le brillan los ojos. Le agarro por las caderas y froto mi glande contra su culo, por si había alguna duda de que me lo quería follar alí mismo. "Vamos a un cubículo", le digo, "que aquí puede entrar alguien en cualquier momento"."Quién pensás que soy?", me responde, "ya te dije que soy una dama". Y se encamina de nuevo al salón, donde lucen ya sobre la mesa dos estupendos bifes chorizo al punto argentino. Me sonríe, y me invita a sentarme primero. "Joder, con la dama de los huevos".
Una hora más tarde estamos saliendo de Don Julio, después del bife chorizo, y un helado enorme de nata con chocolate y dulce de leche que compartimos, y que no sé dónde metió embutido en aquel traje ceñido que llevaba con su escote palabradehonor, siendo además como era Matías de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro. Nos encaminamos hacia la Plaza Serrano por Gurruchaga agarrados de la mano. Matías me miraba a los ojos y se apretaba contra mí cada vez que nos cruzábamos con alguien. Pasa un coche de la policía de la ciudad con sus luces azuladas y se me aprieta metiéndome la lengua hasta la garganta, arrancando un "metéle, rubia, y cuando se te canse me cogés a mí despues".
"A ti no te apetece volver a tu casa?" le pregunto. "Tan temprano? Que no la estás pasando bien?", me responde. Llegamos a la Plaza Serrano, llena de terrazas de bares y cafés, y de artistas de firulete vendiendo sus piezas decoradas con el clásico fileteado porteño a los turistas. Nos sentamos a la vista de todo el mundo con Matías agarrándome la mano sobre la mesa y frotándome entre los dedos. "Un chop para compartir", le pide al "mozo", sorprendiéndome al llegar con una litrona de cerveza y dos vasitos minúsculos de cristal. "Joder, aquí pasamos de lo más fino a la vida de estudiante", pienso, pero la verdad es que me lo estoy pasando en grande desde que lo conocí, así que le dejo hacer. Hablamos de la vida, de los viajes, de antiguos amantes y de Milei.
Media hora después, nada más concluir una descripción detallada de los frescos que pintó Berni en las Galerías Pacífico, me suelta un "Me apetece coger". Yo a esas alturas tenía muy claro que coger quería decir follar, así que me alegré mucho, porque además el jetlag se dejaba ya sentir y empezaba a estar bastante cansado.
"En mi hotel o en tu casa?" le pregunto. Me mira, y me hace dudar de si ese "coger" se refería a "coger conmigo" o si tenía otra cosa en mente.
"Esta noche dormís conmigo". Llamo al hotel para cancelar la reserva y decirles que han retrasado el vuelo y que llego un día más tarde, y nos vamos de nuevo al piso de Matías. "No tendrás más habitaciones secretas, verdad?" le pregunto con retintín. "Vos ya conocés todos mis secretos", em responde mirándome a los ojos.
A esas alturas ya no trato a Matías como un objeto sexual, sino como a alguien a quien respeto. Entramos en el portal de la mano, donde el vigilante nocturno, que ya debe de conocer a María, nos saluda con un buenas noches, y mirar para otro lado. Subimos en el ascensor, apretados y con un beso en los labios, y entramos en el apartamento.
"Relajáte", me dice, "voy a ponerme cómodo". y desaparece entrando en su dormitorio pero sin invitarme aún a pasar.
Me siento en el sofá y me dejo caer hacia atrás, esperando acontecimientos.
Lo siguiente que recuerdo es que siento frío y que el sol entraba por la ventana. Matías no está en la casa, pero me ha dejado una nota sobre la mesa:
Estoy en el laburo; esta tarde traigo tus valijas desde el aeropuerto.
Cancelá tu hotel, este mes lo pasás conmigo. Tenés un juego de llaves junto a la puerta.
Me debés una noche de pasión.
50 tacos, 1,83m, 88k, velludo sin ser un oso, mas activo que pasivo, y me gusta que me den un buen masaje de rato en rato. Limpieza fundamental, odio los malos olores.

