10-13-2026, 09:18 PM
Contaba yo unos quince cuando jugaba balonmano en el equipo del colegio. Rodri era uno de mis compañeros, titular indiscutible, gran deportista y con una novia estupenda, Bea, de quien yo me había enamorado.
A Bea la admiraba, cada sonrisa, cada movimiento de su pelo... una diosa, como lo sigue siendo ahora que la nieve tiñe su larga melena y sus muslos no están tan tonificados como cuando jugaba al baloncesto en aquella época juvenil.
Pero a quien yo deseaba carnalmente era a Rodri. Tenía un cuerpo muscular impropio de la edad, sin vello en el pecho y solo un mechón rubio en su pubis, sobre su polla circuncidada y no demasiado grande, pero con la que yo ansiaba jugar.
Un día, en un partido, Rodri cayó al suelo con la mala suerte de golpearse en la cabeza y quedar conmocionado unos segundos. Aunque se recuperó, el entrenador le dijo que no jugaría el resto del partido, que se fuera a las duchas. "Tú, que sois colegas, acompañanle y si ves que se desmaya o hace alguna cosa rara vienes corriendo y me avisas".
quedaba media hora de partido, asi que estaríamos solos rato largo en el vestuario. yo le preguntaba si estaba bien, y el respondía con un "que sí, cojones, que no sé por qué no me deja jugar".
Nos despelotamos, cada uno en un banco, y no pude evitar mirar de reojo aquel cuerpo apolíneo que me volvía loco. Si se me notaba, no lo sé; si él se daba cuenta, tampoco.
cuando pasamos a las duchas, que eran abiertas sin tabique, mientras se enjabonaba los huevos, me preguntó "oye, a ti te gusta Bea, no?"
Me puse rojo como un tomate y no pude responder. " Se te nota mucho". " Lo siento, no sé qué decir".
"A ella tú también le gustas". Flipé.
" Y a mí también" y se me acercó, agarro fuerte mi cabeza entre las manos y me metió la lengua hasta la garganta, mientras notaba su polla endureciéndose contra mi vientre.
En ése momento me acordé de lo que había dicho el entrenador sobre que si hacía cosas raras que le llamara corriendo y dudé. Decidí que no se refería a éso, que era mejor no salir corriendo a buscarlo para contarle que aquel adonis estaba empalmado delante de mí en las duchas y que me había besado. Lo empujé bruscamente y lo aparté de mí.
"perdona, me dijo, pensé que yo también te gustaba".
No respondí.
"Al menos tu polla se ha puesto contenta", y me señaló mi miembro, que se había puesto duro como una piedra con toda la situación, y que ni yo ni mis hormonas adolescentes eran capaz de controlar.
"No te preocupes", me dijo mientras ponía su cara frente a la mía, "también será mi primera vez, y prefiero que sea contigo". Rodri se agachó sin pedir permiso, y después de dudar medio segundo metió la punta de mi polla en su boca.
Vi el cielo, me dejé caer hacia atrás para apoyar mi espalda en la pared, ya no podía escaparme. Me dejé hacer. Rodri siguió jugando con la punta de la lengua lamiendome el nabo mientras el agua de las duchas nos caía encima y él se masturbaba. Yo solo cerraba los ojos, me apretaba contra la pared y sentía mi polla más dura de lo que nunca había estado en la boca de Rodri, mientras su lengua la rodeaba y sus dientes afilados no paraban de rasparme el prepucio mientras succionaba.
"Para, nos van a ver". "Calla, que faltan como quince minutos para que acabe el partido", me respondió, y a continuación me pide "¿me quieres hacer una paja?"
Todos esos meses, años casi, que la idea de tocar su polla rondaban mi cabeza entraron de golpe en mi mente y no supe que decir. Él colocó una mano en mi cintura, las dos pollas duras rozándose levemente, agarró mi mano y la llevó poco a poco hacia su capullo. Sin soltármela me obligó a cerrarla entorno a él, y comenzar el vaivén de esa mano que abrazaba su polla no muy grande y circuncidada, que recuerdo aún hoy como una de las más bonitas que haya visto nunca.
Se relajó al notar que yo empezaba a colaborar y mientras mantenía su mano sobre mi cadera apoyó la otra en mi hombro. Yo ya le estaba pajeando a buen ritmo, me miró a los ojos, y de nuevo intentó besarme. Yo esta vez no me aparté y disfruté de sentir su lengua entrando en mi boca mientras mi mano se movía arriba y abajo masturbando su polla y con mi otra mano comenzaba a acariciar su cintura y su culo acercándo su cuerpo aún más a mío.
"Mira, me has puesto los pezones duros", me dijo, "chúpamelos".
Me acerqué a aquel pecho musculado objeto de mis deseos y mientras con la mano acariciaba un pectoral empecé a lamer el otro, notando su tetilla endurecida entre mis labios. Él apoyó una mano en mi cabeza y musitó "sigue, sigue, lo haces muy bien". Y seguí. Al minuto de lamer ambos pezones sentí ganas de acercarme a sus abdominales y jugar con su ombligo, para lo que no me quedó más remedio que ponerme en cuclillas. Empecé a chuparle el ombligo y comencé de nuevo a pajearle. Ahora era él quien se apretaba contra la pared, mientras su polla, más dura que nunca, estaba más cerca de mí que lo hubiera estado antes en la vida.
Agarró mi cabeza con ambas manos, con suavidad, sin forzarme sino para guiarme, y me puso la polla frente a mis labios. "Tengo unas ganas locas de que me la comas", me susurró, "pero sólo si te apetece".
Yo ni lo miré. Era lo que había deseado toda mi vida, y más aún lo estaba haciendo allí, en los vestuarios del colegio, con el agua caliente cayendo sobre mi espalda, y fue en ese momento, mientras me arrodillaba y no antes, que decidí que a pesar de estar enamorado de Bea, en realidad yo era maricón.
Me humedecí los labios con la lengua y los dejé entreabiertos, sin atreverme a inclinarme los dos centímetros que faltaban para meterme esa polla enhiesta en la boca. No hizo falta. Él me agarró la cabeza con un poco más de firmeza e hizo desaparecer la distancia. Metió la punta del nabo circuncidado en mi boca y gimió. Yo no hice nada. No sabía qué tenía que hacer. Me limité a mover la lengua alrededor, sintiéndola suave y tersa como si fuera de seda, sin ningún sabor particular más allá del olor a agua de ducha y champú de mala calidad pero con una sensación que me hizo entrar en trance.
Aprovechando el momento me agarró aún con más firmeza y me la insertó hasta que noté su vello púbico rubio y escaso en la punta de la nariz. Me encantó. Lo tomé por la cintura con ambas manos y él empezó a moverlas adelante y atrás con suavidad pero con firmeza al mismo tiempo.
"Sigue, sigue, lo haces muy bien". A esas alturas yo ya había aprendido en mis propias carnes que convenía tener cuidado con los dientes, así que apreté fuerte los labios cubriéndolos lo mejor que podía mientras él entraba y salía de mi boca cada vez con más velocidad.
Creo que el momento más bello de mi vida, ése en el que descubrí que prefería los hombres a las mujeres, en el que él se dejaba comer la polla por un tío por primera vez (porque daba por hecho que Bea no follaba, pero seguro que se la comía), duró unos veinte segundos. Noté de repente cómo se corría en mi boca, un líquido muy espeso y abundante, de sabor ligeramente salino, y por un segundo no supe que hacer. Recuerdo que me pareció sucio escupirlo en la ducha, que todo el mundo usaba, así que con su polla aún en mi boca, me lo tragué.
Él se retiró poco a poco, me miró, y sonrió. Y en ese momento me desenamoré de Bea y me enamoré de Rodri.
Y nos dimos prisa en acabar la ducha, limpiarnos bien, y vestirnos antes de que el resto del equipo nos encontrara haciendo lo que en esa época y en ese colegio era impensable hacer.
A Bea la admiraba, cada sonrisa, cada movimiento de su pelo... una diosa, como lo sigue siendo ahora que la nieve tiñe su larga melena y sus muslos no están tan tonificados como cuando jugaba al baloncesto en aquella época juvenil.
Pero a quien yo deseaba carnalmente era a Rodri. Tenía un cuerpo muscular impropio de la edad, sin vello en el pecho y solo un mechón rubio en su pubis, sobre su polla circuncidada y no demasiado grande, pero con la que yo ansiaba jugar.
Un día, en un partido, Rodri cayó al suelo con la mala suerte de golpearse en la cabeza y quedar conmocionado unos segundos. Aunque se recuperó, el entrenador le dijo que no jugaría el resto del partido, que se fuera a las duchas. "Tú, que sois colegas, acompañanle y si ves que se desmaya o hace alguna cosa rara vienes corriendo y me avisas".
quedaba media hora de partido, asi que estaríamos solos rato largo en el vestuario. yo le preguntaba si estaba bien, y el respondía con un "que sí, cojones, que no sé por qué no me deja jugar".
Nos despelotamos, cada uno en un banco, y no pude evitar mirar de reojo aquel cuerpo apolíneo que me volvía loco. Si se me notaba, no lo sé; si él se daba cuenta, tampoco.
cuando pasamos a las duchas, que eran abiertas sin tabique, mientras se enjabonaba los huevos, me preguntó "oye, a ti te gusta Bea, no?"
Me puse rojo como un tomate y no pude responder. " Se te nota mucho". " Lo siento, no sé qué decir".
"A ella tú también le gustas". Flipé.
" Y a mí también" y se me acercó, agarro fuerte mi cabeza entre las manos y me metió la lengua hasta la garganta, mientras notaba su polla endureciéndose contra mi vientre.
En ése momento me acordé de lo que había dicho el entrenador sobre que si hacía cosas raras que le llamara corriendo y dudé. Decidí que no se refería a éso, que era mejor no salir corriendo a buscarlo para contarle que aquel adonis estaba empalmado delante de mí en las duchas y que me había besado. Lo empujé bruscamente y lo aparté de mí.
"perdona, me dijo, pensé que yo también te gustaba".
No respondí.
"Al menos tu polla se ha puesto contenta", y me señaló mi miembro, que se había puesto duro como una piedra con toda la situación, y que ni yo ni mis hormonas adolescentes eran capaz de controlar.
"No te preocupes", me dijo mientras ponía su cara frente a la mía, "también será mi primera vez, y prefiero que sea contigo". Rodri se agachó sin pedir permiso, y después de dudar medio segundo metió la punta de mi polla en su boca.
Vi el cielo, me dejé caer hacia atrás para apoyar mi espalda en la pared, ya no podía escaparme. Me dejé hacer. Rodri siguió jugando con la punta de la lengua lamiendome el nabo mientras el agua de las duchas nos caía encima y él se masturbaba. Yo solo cerraba los ojos, me apretaba contra la pared y sentía mi polla más dura de lo que nunca había estado en la boca de Rodri, mientras su lengua la rodeaba y sus dientes afilados no paraban de rasparme el prepucio mientras succionaba.
"Para, nos van a ver". "Calla, que faltan como quince minutos para que acabe el partido", me respondió, y a continuación me pide "¿me quieres hacer una paja?"
Todos esos meses, años casi, que la idea de tocar su polla rondaban mi cabeza entraron de golpe en mi mente y no supe que decir. Él colocó una mano en mi cintura, las dos pollas duras rozándose levemente, agarró mi mano y la llevó poco a poco hacia su capullo. Sin soltármela me obligó a cerrarla entorno a él, y comenzar el vaivén de esa mano que abrazaba su polla no muy grande y circuncidada, que recuerdo aún hoy como una de las más bonitas que haya visto nunca.
Se relajó al notar que yo empezaba a colaborar y mientras mantenía su mano sobre mi cadera apoyó la otra en mi hombro. Yo ya le estaba pajeando a buen ritmo, me miró a los ojos, y de nuevo intentó besarme. Yo esta vez no me aparté y disfruté de sentir su lengua entrando en mi boca mientras mi mano se movía arriba y abajo masturbando su polla y con mi otra mano comenzaba a acariciar su cintura y su culo acercándo su cuerpo aún más a mío.
"Mira, me has puesto los pezones duros", me dijo, "chúpamelos".
Me acerqué a aquel pecho musculado objeto de mis deseos y mientras con la mano acariciaba un pectoral empecé a lamer el otro, notando su tetilla endurecida entre mis labios. Él apoyó una mano en mi cabeza y musitó "sigue, sigue, lo haces muy bien". Y seguí. Al minuto de lamer ambos pezones sentí ganas de acercarme a sus abdominales y jugar con su ombligo, para lo que no me quedó más remedio que ponerme en cuclillas. Empecé a chuparle el ombligo y comencé de nuevo a pajearle. Ahora era él quien se apretaba contra la pared, mientras su polla, más dura que nunca, estaba más cerca de mí que lo hubiera estado antes en la vida.
Agarró mi cabeza con ambas manos, con suavidad, sin forzarme sino para guiarme, y me puso la polla frente a mis labios. "Tengo unas ganas locas de que me la comas", me susurró, "pero sólo si te apetece".
Yo ni lo miré. Era lo que había deseado toda mi vida, y más aún lo estaba haciendo allí, en los vestuarios del colegio, con el agua caliente cayendo sobre mi espalda, y fue en ese momento, mientras me arrodillaba y no antes, que decidí que a pesar de estar enamorado de Bea, en realidad yo era maricón.
Me humedecí los labios con la lengua y los dejé entreabiertos, sin atreverme a inclinarme los dos centímetros que faltaban para meterme esa polla enhiesta en la boca. No hizo falta. Él me agarró la cabeza con un poco más de firmeza e hizo desaparecer la distancia. Metió la punta del nabo circuncidado en mi boca y gimió. Yo no hice nada. No sabía qué tenía que hacer. Me limité a mover la lengua alrededor, sintiéndola suave y tersa como si fuera de seda, sin ningún sabor particular más allá del olor a agua de ducha y champú de mala calidad pero con una sensación que me hizo entrar en trance.
Aprovechando el momento me agarró aún con más firmeza y me la insertó hasta que noté su vello púbico rubio y escaso en la punta de la nariz. Me encantó. Lo tomé por la cintura con ambas manos y él empezó a moverlas adelante y atrás con suavidad pero con firmeza al mismo tiempo.
"Sigue, sigue, lo haces muy bien". A esas alturas yo ya había aprendido en mis propias carnes que convenía tener cuidado con los dientes, así que apreté fuerte los labios cubriéndolos lo mejor que podía mientras él entraba y salía de mi boca cada vez con más velocidad.
Creo que el momento más bello de mi vida, ése en el que descubrí que prefería los hombres a las mujeres, en el que él se dejaba comer la polla por un tío por primera vez (porque daba por hecho que Bea no follaba, pero seguro que se la comía), duró unos veinte segundos. Noté de repente cómo se corría en mi boca, un líquido muy espeso y abundante, de sabor ligeramente salino, y por un segundo no supe que hacer. Recuerdo que me pareció sucio escupirlo en la ducha, que todo el mundo usaba, así que con su polla aún en mi boca, me lo tragué.
Él se retiró poco a poco, me miró, y sonrió. Y en ese momento me desenamoré de Bea y me enamoré de Rodri.
Y nos dimos prisa en acabar la ducha, limpiarnos bien, y vestirnos antes de que el resto del equipo nos encontrara haciendo lo que en esa época y en ese colegio era impensable hacer.
50 tacos, 1,83m, 88k, velludo sin ser un oso, mas activo que pasivo, y me gusta que me den un buen masaje de rato en rato. Limpieza fundamental, odio los malos olores.

