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Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo - Versión para impresión

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Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo - canillejo - 08-18-2025

Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo. 

Hacía tiempo que no sentía tanto calor. Ese calor húmedo y pegajoso que hace que los poros de tu piel se abran y destilen esa mezcla de agua con sales minerales que llamamos sudor. Estaba oscuro, había silencio. Estaba solo. Mi cuerpo se relajó y empezó a fantasear. Mis fantasías son privadas, sólo las comparto a la hora de follar. Y no con palabras, sino con hechos. Con un dedo empecé a acariciarme el pecho. Noté cómo el vello de mis aureolas se tensaba y se ponía duro como una piedra. Me estaba excitando. Era mediodía y llevaba ya unos diez minutos ahí dentro, en la penumbra, escuchando solamente mi respiración; son raras las veces que uno puede disfrutar de una sauna de vapor para sí mismo, sin interrupciones, sin preocuparse de la presencia de extraños que quizá pronto dejen de serlo. 

Mi mano se deslizó por mi abdomen, y de ahí bajó hacía mis muslos, sudados, resbalosos, primero el izquierdo, luego el derecho. Metí el pulgar de mi otra mano en la boca y empecé a lamerlo despacio, como a mí me gusta. Notaba cada milímetro cuadrado de su piel, el cuidado redondeado de su uña limada para evitar cualquier filo cortante.

Sentí deseo.

Levanté mis rodillas y separé mis piernas, mientras mi mano pasaba de mis muslos a jugar con mi escroto, sudado a más no poder, y empecé a acariciarlo lentamente, tirando con cuidado de su piel dándome pequeños pellizcos que hicieron que mi polla, ya brava como ella sola, se tensara aún más revelando el placer que estaba sintiendo. 

Me llené la mano de saliva y así, resbalando y sin apretar demasiado, empecé a masturbarme despacio. Me bajé con cuidado el prepucio, sintiendo el placer de ese mínimo dolor que sentía aún cada vez que me descapullo y que hace que el lubricante, natural o comprado, sea esencial en el momento de la penetración. Me alcé mínimamente, lo justo para dejar caer un poco de baba directamente desde mi boca hacia la punta de mi nabo enhiesto y pensé en la suerte tienen esos artistas de circo que son capaces de doblar su fisionomía hasta límites insospechados. Relajé de nuevo la espalda, me tumbé, y empecé a masturbarme más rápido, ahora sí, con una mano que se movía rítmicamente apretando con fuerza esa polla que pedía guerra.

Alguien se acercó a la puerta, asomando la cara por el ventanuco. Tendría unos treinta años, con barba de tres días, que parecía tener las ideas claras. 

Pero no entró. 

Empecé a fantasear con el cómo sería que hubiera entrado y me hubiera visto con el falo en mi mano derecha. Si se habría sentado a mi lado y, sin mediar palabra, habría apartado mi mano para poner la suya y habérsela llevado directamente a la boca.

Pero no entró.

Seguí acariciándome, alternando pellizcos en mi escroto con el movimiento rítmico de la mano hasta que me sentí explotar. Decidí ponerme de pie y agarrármela con las dos manos mientras mis caderas se movían adelante y atrás cada vez más rápido. A los pocos segundos estallé, lanzando un chorro enorme hacia la oscuridad de la sauna. Sentí un alivio inmediato, seguido de un sentimiento de vergüenza por haber dejado así el suelo de la sauna, así que tomé la manguera y le dediqué un ratito a limpiar lo que había ensuciado. Al final me di un buen chorro de agua fría en la cara y en el cuello.

Y la puerta se abrió. Era el treintañero con barba de tres días. 

Y me sonrió.


RE: Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo - prefbise - 08-18-2025

(08-18-2025, 06:47 AM)canillejo escribió:  Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo. 

Hacía tiempo que no sentía tanto calor. Ese calor húmedo y pegajoso que hace que los poros de tu piel se abran y destilen esa mezcla de agua con sales minerales que llamamos sudor. Estaba oscuro, había silencio. Estaba solo. Mi cuerpo se relajó y empezó a fantasear. Mis fantasías son privadas, sólo las comparto a la hora de follar. Y no con palabras, sino con hechos. Con un dedo empecé a acariciarme el pecho. Noté cómo el vello de mis aureolas se tensaba y se ponía duro como una piedra. Me estaba excitando. Era mediodía y llevaba ya unos diez minutos ahí dentro, en la penumbra, escuchando solamente mi respiración; son raras las veces que uno puede disfrutar de una sauna de vapor para sí mismo, sin interrupciones, sin preocuparse de la presencia de extraños que quizá pronto dejen de serlo. 

Mi mano se deslizó por mi abdomen, y de ahí bajó hacía mis muslos, sudados, resbalosos, primero el izquierdo, luego el derecho. Metí el pulgar de mi otra mano en la boca y empecé a lamerlo despacio, como a mí me gusta. Notaba cada milímetro cuadrado de su piel, el cuidado redondeado de su uña limada para evitar cualquier filo cortante.

Sentí deseo.

Levanté mis rodillas y separé mis piernas, mientras mi mano pasaba de mis muslos a jugar con mi escroto, sudado a más no poder, y empecé a acariciarlo lentamente, tirando con cuidado de su piel dándome pequeños pellizcos que hicieron que mi polla, ya brava como ella sola, se tensara aún más revelando el placer que estaba sintiendo. 

Me llené la mano de saliva y así, resbalando y sin apretar demasiado, empecé a masturbarme despacio. Me bajé con cuidado el prepucio, sintiendo el placer de ese mínimo dolor que sentía aún cada vez que me descapullo y que hace que el lubricante, natural o comprado, sea esencial en el momento de la penetración. Me alcé mínimamente, lo justo para dejar caer un poco de baba directamente desde mi boca hacia la punta de mi nabo enhiesto y pensé en la suerte tienen esos artistas de circo que son capaces de doblar su fisionomía hasta límites insospechados. Relajé de nuevo la espalda, me tumbé, y empecé a masturbarme más rápido, ahora sí, con una mano que se movía rítmicamente apretando con fuerza esa polla que pedía guerra.

Alguien se acercó a la puerta, asomando la cara por el ventanuco. Tendría unos treinta años, con barba de tres días, que parecía tener las ideas claras. 

Pero no entró. 

Empecé a fantasear con el cómo sería que hubiera entrado y me hubiera visto con el falo en mi mano derecha. Si se habría sentado a mi lado y, sin mediar palabra, habría apartado mi mano para poner la suya y habérsela llevado directamente a la boca.

Pero no entró.

Seguí acariciándome, alternando pellizcos en mi escroto con el movimiento rítmico de la mano hasta que me sentí explotar. Decidí ponerme de pie y agarrármela con las dos manos mientras mis caderas se movían adelante y atrás cada vez más rápido. A los pocos segundos estallé, lanzando un chorro enorme hacia la oscuridad de la sauna. Sentí un alivio inmediato, seguido de un sentimiento de vergüenza por haber dejado así el suelo de la sauna, así que tomé la manguera y le dediqué un ratito a limpiar lo que había ensuciado. Al final me di un buen chorro de agua fría en la cara y en el cuello.

Y la puerta se abrió. Era el treintañero con barba de tres días. 

Y me sonrió.

Me encantaría coincidir en una sauna contigo


RE: Estaba tumbado sobre mi espalda, sudando como una perra en celo - Albert_Leganés - 08-19-2025

Muy sugerente y caliente, como en la sauna del relato.
Muy bueno.